El paisaje como metáfora:
El paisaje, tanto natural como emocional, constituye el eje central de estas pinturas. No se presenta como una representación literal, sino como una construcción simbólica que refleja la percepción humana. El autor se inspira en el acto de observar el paisaje desde la distancia, una acción que a menudo nos da la ilusión de objetividad, como si pudiéramos separarnos de aquello que contemplamos. Sin embargo, esta serie nos recuerda que el paisaje exterior no es más que un reflejo del paisaje interior.
Esta idea está intrínsecamente ligada a la afirmación de John Berger, quien decía en Modos de ver (1972) que «cuando “vemos” un paisaje, nos situamos en él». De esta manera cada obra se convierte en un espacio desconocido que nos invita a ser descubierto con solo permanecer en él, en una atmosfera diferente con un tiempo que se dilata y que no se puede contar. En este intercambio, la exposición nos invita a conectar con la naturaleza del alma y a comprender que el paisaje, lejos de ser un elemento externo, es también una proyección de nuestras experiencias.
Las obras permiten generar una conexión profunda con el espectador, no a través de respuestas definitivas, sino mediante preguntas que amplían la comprensión del ser y su relación con el entorno.
Las pinturas surgen espontáneamente como reflejo de sentimientos que, al mutar, se convierten en imágenes. Este flujo de emociones transita hacia la introspección y encuentra su forma definitiva en la pintura. El uso de símbolos implícitos y paisajes difusos permite al autor construir un ecosistema visual donde cada obra dialoga consigo misma y con las demás, creando una experiencia inmersiva para el espectador.
Las pinturas permanecen latentes dentro de la obra también como observadores de quienes las observan, a la espera de un diálogo misterioso que emocione y luego haga pensar. Los trazos, texturas y colores no buscan representar fielmente el mundo, sino evocarlo, dejando espacio para que quien mire complete la narrativa. En este sentido, cada pintura es una puerta abierta hacia lo desconocido, una invitación a explorar lo que se encuentra más allá de la superficie.
A la manera de decir de Thoreau: «Sólo pido ojos que vean lo que vosotros poseéis», puesto que los paisajes que observamos en el mundo natural son también ecos de nuestro mundo emocional. El autor traduce esa relación al lenguaje de la pintura, plasmando en cada obra una búsqueda de lo que subyace bajo la apariencia. Estos paisajes nos recuerdan que el acto de contemplarlos es en sí un viaje a lo esencial, hacia aquello que nos conecta con nuestra humanidad y con el misterio de lo desconocido.
En esta serie de pinturas, el autor invita al espectador a redescubrir su conexión con lo etéreo y lo simbólico, mostrando que la incertidumbre, lejos de ser un obstáculo, puede ser un puente hacia una comprensión más rica y profunda de la realidad.
GVZ
Fotografías: David H.G.